Por Dr. Edgar León Ayala
Si Hollywood tuviera categorías para los logros de la administración pública, Puerto Rico llevaría décadas acumulando estatuillas. No por eficiencia, claro. Tampoco por transparencia. El galardón sería por una hazaña que ningún consultor de McKinsey ha podido documentar sin que le dé un tic nervioso: la capacidad de convertir cinco empleados en cincuenta sin producir un gramo más de trabajo útil.
Bienvenidos a la República Independiente del Memorándum, donde los documentos viajan a la velocidad de la placa tectónica, las firmas se cuentan como logros profesionales y el analfabetismo funcional no es un problema educativo —es un requisito de selección de personal.
PRIMER ACTO: EL ORGANIGRAMA QUE DEVORÓ AL PRESUPUESTO
Imagínese usted que contrata a un plomero para arreglar un grifo. Llega el plomero con su ayudante. Y el supervisor del ayudante. Y el coordinador de supervisores de campo. Y el especialista en evaluación de grifos del Sector Norte. Y el enlace interagencial de agua potable. Y la asesora de género en proyectos de plomería. Y el fotógrafo oficial del evento.
El grifo sigue goteando. Pero hay siete personas muy ocupadas llenando formularios sobre él. Esto no es una metáfora. Es el modelo operacional certificado del gobierno de Puerto Rico, aplicado con orgullo en la Autoridad de Acueductos y Alcantarillados, en el Departamento de Educación, y en casi cualquier agencia cuyo nombre tenga más de cuatro palabras.
Regla empírica: a mayor cantidad de palabras en el nombre de la agencia, menor cantidad de servicios que produce.
La Administración para el Desarrollo de Empresas Agropecuarias y Recursos Rurales de Puerto Rico lleva cuarenta y dos caracteres en su nombre y produce aproximadamente tres informes anuales que nadie lee, dos actividades con chicharrones y un presupuesto que haría llorar a cualquier agricultor de Adjuntas.
SEGUNDO ACTO: EL ANALFABETISMO FUNCIONAL COMO CREDENCIAL EJECUTIVA
Permítame presentarle a don Rigoberto, nombre ficticio para proteger la inocencia de su familia y la reputación de su municipio. Don Rigoberto llegó a director de una oficina de planificación regional sin haber planificado jamás nada más complejo que la ruta de su almuerzo.
Su mayor logro académico es un certificado de asistencia a un seminario de Microsoft Word del año 2003 —al que, según testigos, llegó tarde y se fue antes del módulo de tablas.
En su primer año como director, don Rigoberto firmó treinta y siete documentos sin leerlos. En su segundo año, delegó la firma a su asistente. En su tercero, contrató un asistente para el asistente. Hoy preside reuniones de tres horas donde se discute si el papel de la impresora debe ser tamaño carta o legal, y concluye siempre con: «Vamos a llevar esto a consultoría».
¿La consultoría? Otro primo. Diferente municipio, mismo apellido.
Este fenómeno —al que los académicos llamarían analfabetismo funcional en posición de liderazgo, y que los puertorriqueños llamamos simplemente «el que nos cayó de paracaídas» — no es accidental.
Es el producto de décadas de nombramiento político en posiciones técnicas, donde el criterio de selección principal no es la competencia sino la fidelidad electoral, el parentesco consanguíneo o, en casos de especial sofisticación, ambas cosas a la vez.
TERCER ACTO: LA QUIEBRA COMO PRODUCTO ARTESANAL
Puerto Rico tiene la distinción histórica de haber quebrado no una sino múltiples de sus corporaciones públicas con una consistencia que roza lo artístico. La Autoridad de Energía Eléctrica, la Autoridad de Acueductos, la propia deuda del gobierno central —todas llevan en sus entrañas el mismo sello de fábrica: más administradores que técnicos, más directores que operadores, más asesores que resultados.
La AEE, en su época dorada de quiebra, llegó a tener una relación de un supervisor por cada dos linemen.
Es decir, por cada dos personas que realmente tocaban un cable, había una que supervisaba cómo lo tocaban. Y sobre ese supervisor, otro que supervisaba la supervisión. Y sobre ese, un director de área. Y sobre ese, un director regional. Y sobre ese, un subdirector ejecutivo de operaciones integradas del sector occidental —título real, sueldo de $98,000 anuales, función principal: asistir a reuniones y enviar correos que dicen «en espera de confirmación».
El resultado: apagones que duraban más que ciertos matrimonios, facturas que superan el PIB de algunas familias y una infraestructura que, según los propios informes de PREPA, clasificaría como «vintage», si se tratara de mobiliario y como «negligencia criminal», si se tratara de servicio público.
CUARTO ACTO: EL SELLO DE GOMA, ARMA DE DESTRUCCIÓN MASIVA
Existe en los pasillos del gobierno una herramienta subestimada por la ciudadanía pero venerada por sus usuarios: el sello de goma. No el metafórico. El literal. El sello redondo, entintado de azul o rojo, que estampa la existencia oficial de algo que ya existía perfectamente sin que nadie lo sellara.
Para que un ciudadano pueda iniciar un negocio en Puerto Rico, necesita, segúnn estimados conservadores: cuatro sellos de distintas agencias, tres certificaciones de que nno debe (cuando en realidad sí debe, pero eso se negocia aparte), dos inspecciones de oficinas que no han sido inspeccionadas desde la administración de Fomento del año anterior, y una carta notariada explicando por qué necesita todos esos documentos, la cual debe ser certificada por la misma agencia que emitirá los documentos.
Es lo que los filósofos llamarían una paradoja kafkiana y lo que los emprendedores puertorriqueños llaman «el porqué me fui a Florida». Mientras tanto, en la Florida, le preguntaron su nombre, le pidieron un formulario de dos páginas, y le dijeron: «Su negocio está registrado, que le vaya bien».Tiempo total: dieciséis minutos. Sin sellos. Sin primos. Sin misterio.
QUINTO ACTO: LOS PUESTOS DE CONFIANZA, O LA DEMOCRACIA DEL FAMILISMO
El gobierno de Puerto Rico tiene una categoría laboral llamada “puesto de confianza”. que, en teoría, significa que el funcionario responde directamente al funcionario electo y puede ser removido cuando cambia la administración. En la práctica, significa que el primo del secretario tiene empleo garantizado, aire acondicionado y un título que nadie sabe exactamente qué hace.
El título más temido —y más común— de la burocracia insular es el de «Oficial Especial de Proyectos Especiales». Nadie sabe qué proyectos. Nadie sabe qué oficialía. Nadie lo ha visto trabajar. Pero cobra puntual. Y en navidades le manda al secretario un queso gouda y unas galletas de mantequilla.
Según datos del propio gobierno, Puerto Rico tiene una proporción de empleados públicos por habitante que supera a la mayoría de los estados de la nación. Con una economía que lleva décadas contrayéndose, una población que lleva dos décadas emigrando y unas corporaciones que llevan una década quebrando, la nómina pública no baja. Los servicios sí. La ironía sería cómica si no fuera porque la paga esa nómina, usted.
EPÍLOGO: CARTA DE AGRADECIMIENTO DEL PREMIADO
En nombre del Gobierno del Estado Libre Asociado de Puerto Rico, queremos agradecer a todos los que hicieron posible este premio a la excelencia burocrática:
▸ A los doscientos asesores sin cartera que jamás produjeron un documento pero sí perfeccionaron el arte del café de las diez.
▸ A los directores de agencia que aprendieron a usar PowerPoint en su tercer año de nombramiento y lo consideran desarrollo profesional.
▸ A los legisladores que aprobaron la creación de nuevas oficinas para resolver los problemas creados por las oficinas anteriores.
▸ A los auditores que encontraron los problemas hace quince años y cuyos informes, reposan en PDF en un servidor que nadie ha encendido desde 2018.
▸ Y, sobre todo, al ciudadano puertorriqueño, que paga, emigra, aguanta y aun así mantiene el sentido del humor —porque sin ese sentido del humor, esto no sería una sátira. Sería simplemente un crimen.
El próximo premio se entregará el año que viene. La ceremonia durará cuatro horas. Habrá tres discursos de funcionarios que llegarán tarde. El micrófono no funcionará porque la RFP para repararlo lleva dos años en evaluación. Y el galardón, una estatuilla de un sello de goma dorado, será fabricado en China porque aquí no había presupuesto —aunque sí había diecisiete personas en el comité de selección del diseño.










